Dejad que os cuente…

Desconocen cuánto tiempo llevo en pie, ni cuántas generaciones albergué.

Allá donde me encuentro, se me ha llamado Casa Hermoso por la gente del lugar. Quizá por ese motivo hayan decidido mantenerme el nombre. Algún día os contaré esa historia…

Llevo unos años un poco dejada, pero parece ser que ahora piensan en rehabilitarme. En recuperar mis fuertes vigas de madera, en ofrecerle a mis tejas un rincón menos húmedo en el cual reposar. Quieren, dicen, dotarme de más luz. Natural, y de esa otra que va por unos cables. Darle nuevos usos a la bodega que está en mis entrañas, en donde antes el vino se despeñaba desde el lagar. Allá donde se encuentra el manantial de agua de vida. Desean abrigarme, y llenarme de color y de olores frescos. De suaves telas. De muchos sueños, y creo que oí algo de amor.

Hablan por ahí de presentarme en sociedad, de que conozca a mucha gente de lugares lejanos. Jóvenes, mayores, hombres, mujeres, hasta pequeñas criaturas quieren dejar sueltas por mis rincones. Que entable amistad con ellos, que sea un remanso en esta época en que los cimientos parecen no ser tan sólidos como lo son los que me unen a esta tierra.

Lo cierto es que no me han preguntado. No sé, de hecho, si de hacerlo, podría contestarles. Es algo que me aterra y me apasiona al mismo tiempo. Es algo nuevo para mí, y sin embargo, parece lo apropiado. Creo que encajaría. Además, sé que recibiré cariño a raudales, y que esa atención la devolveré multiplicada. Que de nuevo habrá vida dentro de mí, y a mi alrededor. Que podría ser, una vez más, la última casa, el último hogar. Y que de mí sale el camino que sube al monte, a las alturas. Que esas alturas a las que doy entrada, puedan no ser tan sólo físicas.

El tiempo lo dirá.

 

Dejad que os cuente… 

Un día en mi vejez 

Esta mañana tenía visita. Han venido a verme. Eran dos hombres y tres mujeres, que me observaban, me analizaban y discutían incansablemente sobre cómo me encontraba. 

Su aspecto era cuidado, mas no así sus ademanes, puesto que se interrumpían continuamente al hablar, intentando hacer valer el punto de vista propio, sin respetar el ajeno. 

Una de ellas, la que parecía la experta del grupo, hasta llegó a pincharme con un objeto punzante, un cuchillo tal vez, puede que esperando alguna reacción por mi parte, o intentando obtener alguna muestra de mi cuerpo con el objetivo de recalcar sus argumentos. 

Sin embargo, si lo que buscaba era algún tipo de respuesta, un grito, un temblor, lo que fuera, no lo encontró. Yo ya me hallaba más allá de todo eso. Inmóvil, impertérrita, impávida, impasible… incapaz de hacerme entender y, quizá, sin tener nada ya que decir. O aún queriendo manifestar mucho, sin encontrar ya la forma de llevarlo a cabo. En estas situaciones, el tiempo no perdona. 

Cada vez más deteriorada, más momificada, más abúlica. Perdidas ya las ilusiones, los sueños de un cambio a mejor olvidados con el pasar ineludible de los días. 

Puede ser que debido a mi estado se me hiciera tan incomprensible, tan extraño, tan ajeno lo que aquellas gentes planteaban, ora en susurros, ora de viva voz. Algo pensaban hacer conmigo, eso me había quedado claro. Dudaba que quisieran enviarme a un asilo, o a una de esas instituciones de las que tanto había oído hablar cuando estaba de moda ocultar a los familiares lisiados, algo retardados o, simplemente, diferentes, lejos de la vista y de la conciencia de todos. Descartada esa alternativa, mi capacidad de discernimiento no lograba deducir a qué se habían estado refiriendo en sus discusiones.

Hablaban de devolverme la vida, cómo si ello fuera viable… Desconfiaba, no porque me desagradara la posibilidad, sino porque me sabía más allá de cualquier retorno. Por ello mismo, no lo lograba entender. Quizá su concepto de vida era completamente diferente del mío. Ha habido tantas diferencias al respecto, intentando situar los límites entre lo vivo y lo no vivo, procurando clarificar qué se entiende exactamente por vida… que no me extrañaba que pudiera existir una discontinuidad fundamental en ese aspecto. Decidí dejar de darle vueltas. No iba a conseguir nada. Lo que tuviera que ser, sería.  

Al fin y al cabo, no habían permanecido demasiado rato conmigo. Todo y que un par de ellos hacían resonar bastantes recuerdos en mi interior. Sabía que los conocía, mas no lograba situarlos. Y estaba demasiado cansada ya para esforzarme en intentar colgarles un nombre, o lo que fuera que tuvieran.

La tarde se fue acercando. Trinos por doquier me distrajeron de mis cavilaciones, y un pequeño carbonero, con las plumas algo embarradas de haberse dado un revolcón en una de las constantes charcas del abandonado huerto, se posó en el alféizar. Me contempló, intrigado, ladeando su minúscula cabecita negriazul, y transcurridos unos instantes de reflexiones pajariles, reemprendió el vuelo rumbo a su nido, oculto probablemente en el ramaje del majestuoso roble que se alzaba centenario a la vera del camino. Y me trajo añoranza del gentil petirrojo que el año anterior había prodigado sus excursiones a los viejos cristales, llegando incluso a localizar el hueco, cubierto de telarañas, que comunicaba con una de las estancias nobles; hasta osando en una ocasión adentrarse en ella, a la búsqueda probablemente de restos de granos de cereal olvidados entre el polvo y el serrín. O quizá no había sucedido el año anterior, sino muchas estaciones atrás. Su paso ya se confundía en mi maltrecha mente.  

Llegó la noche. El frío reinaba fuera y dentro de mí. Podía sentir el viento como atravesaba cada uno de mis poros, sin piedad ni miramientos, aullándole a la luna, que empezaba a mostrarse tímida en el firmamento, con su sonrisa nacarada y ajena.  

Qué hubiera dado por contemplar de nuevo serenamente las estrellas desde el tejado, esos luceros brillantes que antaño me alegraban la oscuridad. Sin embargo, quedaban lejos ya, en el cielo y en el recuerdo. Cuando la aparición de la constelación de Orión - Rigel, aquella rutilante luz a los pies del Cazador, tan próxima a Sirio, debía estar ya alta en el horizonte - me marcaba la llegada del invierno, de una época que había dedicado pacíficamente al reposo, a la contemplación, a la espera del renacimiento del mundo que sabía la nueva primavera brindaría. Cuando el fuego en mi hogar ofrecía calor, y esperanza, y reunía a la familia a su alrededor, para escuchar atónitos historias de otros lugares, relatos de momentos pasados, y cotilleos de la aldea… 

Ya de madrugada el ulular de un búho rompió el silencio escarchado. Había logrado conciliar algo el sueño, si puede llamársele vigilia a permanecer encerrado dentro de uno mismo, sumido en los propios miedos, difuminadas las esperanzas y los recuerdos; y dormir a vaciarse del todo sin garantías de recuperar lo escapado. El helor hizo crujir mis huesos, tan viejos ya, tan añejos y gastados, pero aún fuertes en según qué puntos. Sí, antiguamente había sido de constitución firme, hermosa, capaz de soportar pesos que otros hubieran temblado sólo de imaginar. Qué estampa más gallarda ofrecía, qué orgullosa me erguía en esas épocas. Suscitaba envidias y admiración por doquier, y varios apuestos caballeros pretendieron poseerme… ya nunca volvería a ser lo mismo, ni podría parecerme a la que fui entonces.  

La luz empezó a asomar por el otro lado de la plaza. Desde la ermita cercana empezaron a oírse las campanas que llamaban a misa. Hoy una de ellas sonaba diferente. Con otro ritmo, como más alegre, y a su vez más costoso. Quizá el párroco le había dispensado, a uno de los alborotadores chiquillos del pueblo, el honor de que esa mañana fuera él el encargado de bandear el metal. Tañir, creo que así lo denominan en los pueblos más allá de nuestras fronteras. Sentía el bruñido son esparcirse por mi ser, introducirse en mis entrañas, hacerme vibrar de formas inimaginables y largo tiempo olvidadas.  

Y esa sensación me trajo a la memoria sucesos que cada enero había contemplado… Aún veía desplazarse ante mis ojos a toda la gente que, en romería, año tras año, había subido el camino rumbo a San Sebastián. Se esforzaban en llegar hasta esta más elevada ermita a adorar al santo, y luego compartían como buenos hermanos y feligreses el pan que habían amasado, el vino que había fermentado en sus barriles, y los productos de la matanza de ese puerco al que siempre le acababa llegando su San Martín… y poco a poco, en grupos o en solitario, retomaban el sendero, ya cuesta abajo, otra vez rumbo al pueblo que les vio nacer… 

Perdida como estaba en la remembranza, con el repicar metálico todavía presente en mi piel y en mis nervios, apenas me di cuenta de que el sol ya se había alzado en el cielo, iluminando campos y mieses, vides y olivos, y alguna que otra oveja que, descarriada, se había distanciado del siempre atento pastor y de su adorable y blanco rebaño. No conseguí captar el ladrido, más que seguro, del can que ya habría salido en su pos para devolverla al redil. 

De repente, volvió el miedo. Un miedo seco y profundo, que amenazaba con convertirse en un pánico atroz. Ese miedo que tenemos todos a desaparecer sin dejar rastro, ni tan siquiera en la memoria de los que nos han conocido y, según las circunstancias, hasta amado. Miedo a irnos del todo y caer en el olvido, sin que nos recuerden con una lágrima sentida, o una sonrisa tierna. Miedo que pugnaba por apoderarse de todo mi ser, pues cada vez veía más cercano ese amargo momento, esa eternidad en un limbo gris e insondable, ese morir definitivo. 

………………………………………………………………………………………….. 

Y la casa, muy maltrecha ya y casi en ruinas, desconociendo que aún era posible su recuperación y su retorno a la vida, contempló un día más la puesta de sol tras la montaña, observando como los últimos rayos dejaban sus marcas, cual surcos del arado, allá en la fértil era. 

One Response to “Dejad que os cuente…”

  1. :)

Leave a Reply